Conífera escultórica para climas atlánticos y de montaña
Araucaria · Araucaria araucana
Conífera de porte escultórico originaria de los Andes templados, especificada en proyectos paisajísticos donde se busca un ejemplar focal de identidad rotunda y largo recorrido en climas oceánicos peninsulares o enclaves de altitud con veranos suaves.
- Tolera heladas intensas hasta unos -20 ºC, una de las coníferas más rústicas
- Quiere veranos frescos y suelo bien drenado, prospera con humedad atlántica
- Crecimiento lento, unos 20 a 30 centímetros al año
Sobre esta especie
El ejemplar joven mantiene porte cónico, simétrico, con ramas horizontales dispuestas en verticilos regulares sobre un fuste recto. Con la edad, la copa pierde las ramas inferiores y se transforma en un parasol abierto sobre tronco limpio, silueta que define al árbol adulto y lo convierte en pieza focal de gran peso compositivo. Las hojas, triangulares y coriáceas, persisten de diez a quince años, lo que asegura densidad constante en cualquier estación.
Su comportamiento en territorio peninsular depende del clima estival. Prospera en la cornisa cantábrica, Galicia interior y enclaves de altitud media del noroeste, donde la humedad atmosférica sostenida y los veranos frescos permiten alcanzar veinte a veinticinco metros. En el litoral mediterráneo cálido, el valle medio del Ebro y el sureste árido, las temperaturas estivales prolongadas por encima de los 32 °C y la sequedad del aire producen estrés crónico que conviene anticipar. Resiste sin daño hasta cerca de -15 °C, lo que avala su…
El ejemplar joven mantiene porte cónico, simétrico, con ramas horizontales dispuestas en verticilos regulares sobre un fuste recto. Con la edad, la copa pierde las ramas inferiores y se transforma en un parasol abierto sobre tronco limpio, silueta que define al árbol adulto y lo convierte en pieza focal de gran peso compositivo. Las hojas, triangulares y coriáceas, persisten de diez a quince años, lo que asegura densidad constante en cualquier estación.
Su comportamiento en territorio peninsular depende del clima estival. Prospera en la cornisa cantábrica, Galicia interior y enclaves de altitud media del noroeste, donde la humedad atmosférica sostenida y los veranos frescos permiten alcanzar veinte a veinticinco metros. En el litoral mediterráneo cálido, el valle medio del Ebro y el sureste árido, las temperaturas estivales prolongadas por encima de los 32 °C y la sequedad del aire producen estrés crónico que conviene anticipar. Resiste sin daño hasta cerca de -15 °C, lo que avala su uso en la meseta norte siempre que el verano sea contenido.
Requiere suelos profundos, fértiles, de drenaje franco; tolera texturas arcillosas siempre que no se produzcan encharcamientos prolongados. Las cubetas mal drenadas y las oscilaciones bruscas del nivel freático predisponen a Phytophthora, principal patología observada en ejemplares adultos cultivados fuera de su rango óptimo, por lo que el estudio edafológico previo es determinante. El sistema radicular puede aflorar a edad adulta, lo que desaconseja su uso en alcorques estrechos o junto a pavimentos rígidos.
En la prescripción funciona como pieza singular, no como árbol de alineación. Asume el papel arquitectónico que en clima mediterráneo cumple el Cupressus sempervirens y, a mayor escala, el cedro: ejemplar focal sobre céspedes amplios, ejes de jardines históricos, parques municipales del norte peninsular y accesos de finca con espacio aéreo y radicular suficiente para acompañar su silueta madura durante varias décadas.
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